domingo, 11 de septiembre de 2016

JUGANDO A NO PERDERSE
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En la presentación de la antología poética “ANTÓN PIRULERO”
Museo Municipal Albacete, 20 de noviembre de 2015
                                                                                                                
                                                                                            Manuel Cortijo Rodríguez

No pocos estudios hechos sobre la infancia como espacio recurrente y vivificador en la poesía,  se bastan así mismos como honda palpitación que nos llevara a contemplar aquellas tasaciones primerizas de una inquietud que juega, que aún nos ilumina, nos sobrevive porque nos alcanza y supera entre las resonancias ya mitificadas, como si fuese un viejo pregón de eternidad. A través de ellos, una larga nómina de autores nos han ido dejando, en textos de diferente numen,  el desarrollo de sus raptos exploratorios, fructuosos en extremo, los afloramientos sustanciales de sus magisterios, de sus capacidades imaginativas. Desde diferentes puntos de vista, han ido buceando por el fondo de los mares azules de la infancia, hasta dejarnos el regusto más íntimo,  la referencialidad del juego como actividad primaria de los niños que fueron y que fuimos (¿somos niños aún?), que acaso sin saberlo, ya jugábamos a ser hombres en la vida, desde la sujeción del sonajero.        

Bajo los alumbramientos reveladores aportados, se manifiesta un conjunto de símbolos, cuya modulación salvadora, y aun gloriosa, se nos presenta como  un aire amoroso que avivara las llamas de un fuego que no acaba, que no puede acabar de apagarse del todo, porque trasciende duraderamente y telegrafía emociones plenarias de unos tiempos sin término.  De esa manera, podremos entender, gozar la trasmutación más alba de la infancia en esta obra antológica, toda pureza por los cuatro costados que la arropan, que acabamos de mirar por vez primera, en este instante tan anhelado por todos, mujeres y hombres que han dejado espejitos de estrellas cantados líricamente con luminosa exquisitez. La afirmación poética, su fuerza emotiva, tal es así, poderosa  y propagadora, como la fe de un fuego, que arrasa cuanto puede proponerle la leña de cualquier emoción, cualquier imagen que acude a la llamada oída del poema.  Pero la enunciación poética, propiamente dicha,  ateniéndose al modelo de cualquier expresión lírica, implica, desde luego,  a su vez una opción simbólica que radicaliza el predominio de la imaginación, del sentimiento anhelado hacia la revelación de múltiples experiencias. Nada puede haber más hondamente poemático que la infancia jugando a no perderse, la infancia que nos proyecta activa, definitivamente, hacia una elevación sin techo, a tantísimas escenas, luces depuradoras de los más dulces goces, como fueron los juegos,  que se quedan a vivir para siempre en el alma, salvados para siempre.

Así he acogido yo en haces deliciosos, bien  atados por sus creadores, los poemas todos, los fervorosos cantos que se cumplen en esta antología segunda que, al calor y la pujanza de AMUNI, saludamos, tenemos esta tarde en nuestras manos que esperaban, anhelantes de sentimientos y sobrecogimientos personales, procedentes de tantísimos ensueños, la salud sobreviviente y manadera de las aguas más claras de la imaginación, reminiscencias entrañadas en los hábitos donde tuvo su sitio nuestra infancia.

La cultura literaria y plástica españolas, reúne en este libro dos contextos artísticos: la poesía y las artes plásticas, el resultado de dos expresiones estéticas, donde se quedan a vivir  107 voces poéticas de ritmos y tonos diferentes, así como 18 artistas plásticos, también de diferente inspiración, de variadas aptitudes  y técnicas que, sin exclusiones, juegan muy delicadamente en estas páginas, floreciendo en apiñamiento total. Bien merecen, merecían los perfumes y acentos poéticos de los unos, las expresiones luminosas de los otros, una mayor atención que, por razones de espacio y tiempo, no puede encenderse, ni obedecer al júbilo que debiera insistir en proyectar este introductor.      

La oportunidad, acaso inmerecida, el honor y el orgullo que se me brinda de pregonar este libro, definitiva y recrecidamente luminoso, lujoso en apariencia y resplandeciente en transparencia límpida,   en sus valores poéticos e ilustrativos, me trasladan en estos momentos, muy gozosamente, a aquellos paraísos infantiles, improvisados campos de batalla, donde nuestros héroes ensoñados, ganaban sus combates sin apenas tener que despeinarse. Antes  de que el alma descienda de allá arriba, de sus vuelos altísimos, necesario es que agradezca esta distinción, en gradación muy enaltecida, a los aventajados en bonhomía, en tantas cosas buenas, como son Pilar Geraldo y Juan Peralta, a la una y al otro, a los dos, que tantísimo han puesto de su tiempo y sus dotes intelectuales, para que en este día, tan aireado de ilusión, culminen dos de sus más alboreantes aspiraciones: por una parte, enseñar el  museo donde viven nuestros primeros pasos en la escuela, la inocencia auroral de aquel niño que fuimos, que fuimos a aprender el oficio y la gracia de ser hombres,  y por otra, dar a la luz esta obra espigada, granada como pocas, sin precedentes, cuyo acabado final es excelente, pura envidia de todos y de tantos como vendrán a tomar los aires luminosos, que abrazan más que nada en esta obra.

En los poemas todos y las ilustraciones de este libro, “ANTÓN PIRULERO”, se accede a la visión cristalina de la niña o el  niño, que hace tangible sus ensoñaciones, sus juegos evocados, como si sus autoras y autores quisieran sostener una bandada de pájaros felices en sus manos. Pájaros que tuvieron o soñaron en la calle, en los patios o corrales, en las eras de entonces que ahora llegan a la médula de la luz por esa sola vía que abre el sentimiento. La infancia en la poesía juega hoy aquí, en Albacete, a cuatro bandas, cuatro paredes blancas que cobijan un sueño que estaba por decir, unas voces que cantan o gimen la luz de los poetas en tempranas imágenes, emociones primeras que nos raptan de una inspiración vivificadora, sustanciadora de lo más verdadero que tuvimos. 

Infancia y poesía, en este libro casi único, juegan a dar y dan el gran aviso de un tiempo (¡Terrible noria del tiempo!, Federico García Lorca) de absoluta inocencia que se prolonga por los surcos sembrados de nuestra estimulada melancolía, que aquí acaba en cosecha para luego, para cuando otras niñas y otros niños, portadores sin par de la alegría, lo mismo que nosotros, quieran jugar y jueguen al juego de la vida, a cazar en las tardes de verano lentas mariposillas del aire y algún vuelo precoz de gurriato. Niños que nacerán con la sed de algún juego entre sus manos, el hallazgo primero de unas lágrimas que mojarán sus rostros de ternura infinita.  
  
Sería un mal vendedor del producto que me cabe el honor de pregonar, si no les animase a que lo prueben, lo posean, lo abracen fuertemente contra el pecho y lo sigan desde, a modo de pórtico,  la presentación, olorosa y sabrosa de Santiago Cabañero, Presidente de nuestra Diputación, pasando por las líneas inefables, enardecidas hasta la devoción del que sabe nombrarse agradecido,  de Juan Peralta, Director del Museo Pedagógico y del Niño de Castilla-La Mancha, hasta llegar al prólogo, que le debemos al poeta manchego, de Membrilla, Cristóbal López de la Manzanara: unas líneas que son el poderoso  encendimiento de la sabiduría, un toque de meditación muy sublime y profundo,  de atención al lector, al que pone a las puertas, aún sin abrir, de la emoción que le espera en estas páginas de apelaciones señaleras de unos trayectos reconocibles, actividades entrañables. Tras la sección primera, “Cada cual que atienda su juego”, desembocamos en el interludio de la obra, que es una luz descendida desde el magisterio universitario de José Luis González Geraldo, una conversación muy en serio, cara a cara con el lector, a quien previene casi de principio: “no tengo tiempo para juegos”, una declaración postural de amor incontestable, originalísima,  a la infancia que nos suena a deleite, porque acaba siendo como  una hermosa y profunda “Jugarreta de la vida”, reconocida así por nuestro profesor de Teoría e Historia de la Educación en la Universidad de Castilla La Mancha, campus de Cuenca.    

Pero estos ardores lumínicos siguen reclamando la complicidad del lector. Después de tanta elevación artística que se prolonga en la segunda sección, “Y el que no lo aprenda…”, llegamos a alcanzar la compañía  buscada de Pilar Geraldo, a quien cito otra vez, pero ahora como verdadera y máxima responsable, con el apoyo impagable, generosísimo,  de Ana González Haro, de la preparación y publicación de esta belleza viva que nos pide atención. En su “A modo de despedida...”, Pilar nos gana el corazón, sabe que ya no vamos a dejar de quererla nuestra los poetas e ilustradores. Desde la primera línea se evidencian, por sí mismos, los albos resplandores de la mujer bondadosísima que es, de poeta que vive, “sin dejar de jugar”, su particular epifanía, que almacena, como un vientre preñado, la madurez del hombre “jugando siempre con la magia de ser niños”, de ese hombre que viene muy temprano a lucir desde la infancia. Grande, Pilar, como tu corazón, es tu obra segunda, esta siembra poético-ilustrativa que va conmover placenteramente, como muy pocas pueden, a muchas sensibilidades.

No ha sido fácil tu tarea, pero aquí, en este libro, se quedan a vivir muchas voces poéticas y plásticas entonando un cántico común, nuestro canto mejor,  “Al Antón, Antón, Antón Pirulero”, ya sin caducidad: resonancias de un mismo sentimiento que ha venido a decirnos su verdad. Hoy somos muchos aquí, y otros que esperan, los que vamos a saciarnos de palabras hermosas, de esas que cada uno, siempre quiere quedarse para sí. Una llama febril son las palabras, sus efectos transfigurados que nos llevan a alcanzar iluminaciones que no son propias de este mundo. Dejemos que se cumplan, nos cumplan las palabras, nos iluminen siempre las palabras hacia la plenitud de conocernos por obra y gracia suyas. Y sobre todo juguemos, juguemos, juguemos para que no decaiga nuestra fantasía, esa alma de niño que nos salva.  Es hermoso jugar, como la infancia, a no perderse.

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