domingo, 14 de mayo de 2017

DICE DE EN MATÍAS MUÑOZ



CRISTÓBAL LÓPEZ DE LA MANZANARA
EN
HAIKUS PARA UNA PRIMAVERA

OBRA EN CUATRO ACTOS, TRES ENTREACTOS
Y UNA CODA

Cristóbal López de la Manzanara es poeta y amigo. Y luego boticario, ortopeda, sociólogo, artista visual, coleccionista de obras de arte, patrón de barco, ciclista…y todo lo hace bien. Será porque en todo lo que hace pone la pasión y la ilusión del niño manchego que atesora: se encapricha de algo y no para hasta que lo consigue.
Un día, hace ya unos años, me dijo: voy a escribir un libro de Haikus y aquí está Cristóbal López de la Manzanara en Haikus para una primavera.
Ojo al título, porque la utilización locativa de la preposición en hace, en este caso, que el nombre del autor pase a formar parte del título.
Leamos en ese gran diccionario escrito por una gran mujer: María Moliner:
“en.: Preposición cuyo papel específico, en el que no puede ser sustituida por ninguna otra preposición simple es expresar el lugar dentro del cual está u ocurre la cosa de que se trata.”
De lo cual se infiere que lo que nos encontraremos en estos Haikus, la cosa de la que se trata en este libro, no es otra que el propio autor: Cristóbal y su relación con los elementos de la naturaleza con los paisajes de su infancia y adolescencia con sus sentimientos y sus experiencias vitales.
Para hacerlo, en esta ocasión ha elegido la forma del Haiku. Pero, ¿Qué es un Haiku?
En el siglo XVII el poeta Matsuo Basho, considerado como uno de los cuatro grandes maestros del Haiku y que contribuyó decisivamente a popularizarlo, definió así esta composición:
Haiku es simplemente lo que está sucediendo en este lugar, en este momento.
De ese modo dejaba a un lado las ortodoxias empeñadas en constreñir a la forma y a la temática aquello que puede o debe llamarse Haiku.
Parece aceptado de manera general que un Haiku es una composición breve de diecisiete sílabas dispuestas en tres versos de cinco, siete y cinco sílabas y que incluye alguna palabra que tenga que ver con las estaciones del año.
Gómez de la Serna los llamó “telegramas poéticos”.
Cristóbal se atiene en gran medida a ese canon: mantiene la distribución silábica y en la mayoría de ellos está presente la primavera.
Pero yo creo que lo que hace Cristóbal es acomodar el Haiku a una forma más próxima y propia de nuestra lengua cual es la seguidilla de tres versos o seguidilla corrida, como dirían en el flamenco.
Se trata en definitiva de decir mucho con pocas palabras. No tanto de brevedad como de concisión, del hallazgo de la palabra que revela lo que se escapa a la común mirada o, como apunta Corredor-Matheos en el prólogo, de sencillez y descubrimiento.
En estas composiciones tan breves o se da eso que en el flamenco llaman “pellizco” y que podríamos definir como “la capacidad de asombrar”, o el riesgo es quedarse en mero ejercicio formal.
A fe que Cristóbal nos pellizca:
El sol invita
a que se vista de luz
la margarita

Una rayuela
y un  corazón de tiza
en cada escuela.

Nunca acostumbras
a ver las flores muertas
sobre tu tumba

Fue Octavio Paz quien dijo que “Los poetas no tienen biografía. Su obra es su biografía.” Y es verdad que si el poeta no habla desde la vida, desde su propia vida, ¿cómo podría articular palabra?
No es que quiera el poeta, desde una postura simplemente estética, hacer de su vida una obra de arte, sino que, inevitablemente, su vida queda escenificada en su obra.
El escenario natural de esta obra en cuatro actos es el de los lugares de su infancia y adolescencia.
Y en el centro del proscenio está Cristóbal, en relación con los Elementos de la Naturaleza: Fuego, Tierra, Agua, Aire; actos en los que está dividido el libro, retratos esenciales de aquello que le constituye.
En el primer acto, Haikus de Fuego:

El agua ausente,
una raja de sed 
sin color verde.


Parece boca,
el campo allí en su sed,
y en bancarrota.

En el segundo, Haikus de tierra:
Las cepas verdes
manantiales de vino
adolescentes.

Pavo real
con su arco iris de celo
en el corral.

En el tercero, Haikus de agua:
En la laguna
la luz pinta de verde
una aventura.

Sobre la rosa
el agua con sus alas: 
la mariposa.


En el cuarto, Haikus de aire:

En el silencio
siluetas de palabras, 
sombras al viento.

Alma en la mano
con la verdad al aire
como un vilano.

Los entreactos son momentos, sucesos concretos dentro de ese marco general:
En el primero, Un tiempo de Pasión, Cristóbal dibuja estampas emocionales de la Semana Santa:

La Procesión del Silencio:   
Vuelo de bronce,
un silencio de luto
sobre el azogue.

El instante en el que arranca la música:
Un estandarte,
y un calambre de fusa:
aire en el aire.

El segundo entreacto, Haikus de Los Mayos, son instantáneas de la fiesta de La Cruz de Mayo:
Crucifixión 
de rosas en el cierzo: 
haz de dolor.

Apenas nada, 
la soledad en cueros 
crucificada.

Y en el tercero de los entreactos, Haikus de San Isidro, se mezclan imágenes de las romerías en el pueblo con algunas dedicadas a las corridas de toros:

En la pradera
el amor verdecido 
por vez primera.

Un natural,
azabache y de frente   
un vendaval.

No estamos ante composiciones fruto de la imaginación del poeta. Para escribir estos poemas hay que haber estado allí, en aquel momento en que la pavesa alcanza la campana o en el que la hormiga logra llegar al hormiguero con una semilla gigante.
Luego vienen las palabras que dan cuerpo a esos instantes de conmoción:
En la campana
se estrellan las favilas
azafranadas.

Qué gigantesco
el grano de cebada  
del hormiguero.

El poema nace del sentimiento del poeta pero se cumple en el acto de la lectura. La emoción que salva el poema es la que alcanza al lector.
Nada en este libro está dicho o hecho a humo de pajas. La cita que lo abre es un fragmento del poema de Fernando Pessoa Autopsicografía que me permito, por su brevedad, leerles completo. Cristóbal utiliza en la cita la última estrofa:
El poeta es un fingidor.
Finge tan completamente
que hasta finge ser dolor
el dolor que en verdad siente.
Y quienes leen lo que escribe,
en el dolor leído sienten,
no los dos que el poeta vive
mas solo aquel que no tienen
Y así en los raíles,
gira, entreteniendo la razón,
ese tren de cuerda
que se llama corazón.
En efecto, el poeta es un fingidor pero fingir no es mentir. En su indigencia, sólo puede acercarse a la verdad con sus palabras sabiendo lo vano del intento. Como el tren del poema seguirá dando vueltas sin fin en esa búsqueda.
Este libro de Haikus comienza con un tren de cuerda dando vueltas sin fin y termina con un juego con imposibilidad de victoria.
Pero Cristóbal es un fingidor y consigue las tres en raya:
Los tres en raya
en primavera: el sol
la vida, el agua.

Matías Muñoz

Getafe 25 de abril de 2017

domingo, 5 de marzo de 2017

EL OJO DEL BOTICARIO






DÉCIMA ASONANTADA PARA LOCUS POETARUM*

Paco, amigo, por más señas,
acabo de esquiar la nieve, 
eslalon donde te atreves
a escribir a otros  poetas
desde la vida, bodega
con las atochas que cubren
los trimestres y el alumbre
del vino bueno: el poema
que al sol de luz se  encadena
mientras la luz se descubre.

Título del  libro de Francisco Caro